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En la intimidad con Manolo Cardona



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Predeterminado En la intimidad con Manolo Cardona


Ha pasado media hora desde que teníamos que encontrarnos. Y aunque esperar no es una de mis cualidades, por él hago la excepción. No todos los días se tiene una cita con uno de los hombres más deseados del país, o mejor dicho, no todos los días se tiene una cita con Manolo Cardona.

Tiene fama de puntual. De hecho, a la sesión de fotos en Cartagena, en el restaurante La Vitrola, llegó puntualísimo, y no perdió un solo segundo en nimiedades. Él mismo escogió la ropa que se iba a poner, y luego posó en los lugares dispuestos sin exigir nada, dejando en cada sitio el halo de ese estilo que nos hace suspirar a todas.

Llevo media hora esperando, no mucho la verdad, pero me acosa la ansiedad. ¡Es estresante! ¿Cómo lo voy a saludar? ¿Qué me va a decir? ¿Cómo voy a comenzar la entrevista? Y lo peor: ¿Cómo lo voy a contar?

Lo espero en un estudio de grabación donde está citado para atender un chat con un grupo de fanáticas. Sé que estoy a punto de cumplir el sueño de muchas mujeres que darían lo que fuera a cambio de unos minutos a solas con él. Y la curiosidad me devora.

Pienso en todo eso cuando de pronto entra y me saluda. Me pongo de pie, intento extenderle la mano, pero él me abraza y me da un beso en la mejilla. Luego se sienta en un sofá, descarga un pequeño maletín negro y me mira con sus “claros y serenos” ojos azules.

Solo entonces puedo verlo. Está impecable de pies a cabeza. Lleva blazer azul oscuro, camisa azul clara, jeans y tenis. Su pinta es la de un tipo relajado pero que sabe lo que le luce. Es más delgado de lo que imaginaba. Sé que él odia que lo tilden de galán y que se haga tanto énfasis en su físico, pero a menos de un metro de distancia es imposible fijarse en otra cosa y, claro, evadir sus ojos azules. A diferencia de lo que piensan muchas mujeres, no son los ojos de un seductor. Son, en realidad, su rasgo más tierno. Mi primera imagen (y será también la última) es la de un hombre fresco que no necesita impostarse.

Se disculpó por llegar tarde, lo que claramente ya no importaba. Menos después de que me saludara como si lo conociera desde sus días de recién llegado a Bogotá, cuando para poder pagarse la rumba (sus papás le costeaban la universidad y el arriendo del apartamento que compartía con su hermano Francisco), se metió a participar en comerciales de televisión.

En ese entonces no había cumplido la mayoría de edad y estudiaba Finanzas en el Externado más por la voluntad de su papá que por convicción propia. Quería hacer televisión. Un día, mientras filmaba un comercial, supo que había un casting para un personaje nuevo en Padres e hijos, y se presentó. Fue el inicio de su carrera como actor.

No le importó que estuviera haciendo un calor infernal en ese estudio de grabación sin ventanas. Si estaba muerto del calor, supo disimularlo bastante bien porque no dejaba de sonreír. Puede que algunos piensen que su exceso de amabilidad sea el resultado de una figura comercial que ha perfeccionado con el tiempo, pero no parecía. Manolo Cardona no sólo es absurdamente atractivo, también es un bacán. No responde mirando al suelo, al techo, o a una pared. Mira de frente, a la cara.

No van más de 10 minutos de estar sentados, y su celular ha vibrado tres veces. En lugar de disculparse para contestar, habla sobre el día tan ajetreado que ha tenido. “Llegué a Bogotá a las seis de la mañana hoy, vuelo esta noche, regreso mañana por la mañana…”. Su celular vuelve a vibrar. El hecho de que no conteste lo hace más irresistible. Podría haber cancelado o reprogramado esta cita, pero su atención en este momento la tengo yo. No le gusta hacer dos cosas al mismo tiempo: “Yo no le digo que no a nada, pero me gusta tener un momento para cada cosa”.

Otro encanto de Manolo Cardona es su seguridad. Desde que hizo su aparición en Padres e hijos, en 1996, este payanés ha confirmado una y otra vez que lo suyo es la actuación. “Cuando tienes una convicción, sólo queda seguirla”, dice. Ni siquiera reniega de sus comienzos. “Nicolás Franco (el personaje de Padres e hijos) lo empezó todo, yo jamás negaría absolutamente nada como sí lo hacen muchos actores que les tienen fobia a esos recuerdos. Cada uno tiene procesos distintos y a mí me tocó este”.

Su proceso, sin embargo, ya no abarca únicamente la actuación. Desde hace algún tiempo anda convertido en productor. En compañía de sus hermanos, montó la empresa 11:11 Films, dedicada a sacar adelante ideas propias y ajenas de Colombia y de otros países. Manolo habla de sus proyectos como si los estuviera leyendo: “Tenemos Pablo’s hippos, un documental que se estrenará el otro año en los festivales de cine; en asociación con los hermanos Orozco, nos metimos en Saluda al diablo de mi parte (actualmente en cartelera); además, este año filmamos nuestra primera película en inglés como productora y vamos a hacer una coproducción con Tokio, otra con España y con México”.

El celular sigue vibrando, y al igual que antes, en lugar de contestar explica lo que pasa: “Hoy, precisamente, es el primer día de rodaje de un proyecto que estamos coproduciendo con canal Globo TV de Brasil, entonces ando como loco”. ¿Como loco? ¡Cómo es capaz de estar tan tranquilo!

Sencillo: confía en la gente. De ahí que pueda delegar muchas de sus obligaciones en sus hermanos, lo cual no quiere decir que no le dedique tiempo completo a su empresa de cine. “Siempre he tenido alma de productor, lo que pasa es que sólo hace poco lo empecé a ejercer”, afirma.

Es claro que a Manolo Cardona no le gusta perder el tiempo. Haber protagonizado la serie de televisión El cartel, por ejemplo, le sirvió para convertirse más tarde en productor ejecutivo de la versión de cine. “Desde chiquito soy muy inquieto, me saca el mal genio no llevar a cabo las cosas. Siempre busco ejecutar”, confiesa. Y en esas anda. No habla de cifras, pero por la dimensión del proyecto es claro que la producción de El cartel de los sapos es una de las más costosas de los últimos años. Y no exenta de riesgos. Incluso personales. El primer día de rodaje, mientras filmaba la secuencia de una pelea en la cárcel con Diego Cadavid, se cortó el mentón. Tuvo que llamar a una cirujana plástica para que fuera hasta el set y le cosiera 10 puntos, para poder seguir filmando.

Aunque es consciente de que su físico ha jugado un papel importante en su carrera (ha sido protagonista de siete telenovelas), no le interesa exhibirse. No le gustan los escándalos, ni tener problemas con nadie. Créanlo o no, él asegura que le encanta el bajo perfil. “Sólo aparezco cuando es necesario, cuando estoy en medio de un proyecto que me interese mostrar”.

Tal vez eso ayude a explicar por qué, si odia exhibirse y dárselas de galán, haya aceptado ser la imagen del nuevo catálogo para hombres de Yanbal. ¿Acaso no suena contradictorio? ¿Por qué se le midió a ser la imagen de una compañía con una fuerza de trabajo de más de 100.000 mujeres? ¿No es prestarse para que su imagen de donjuán, la cual odia, se afiance aún más?

“Acepté la invitación porque me gusta su política de empresa, es emprendedora y generadora de empleo. Ya no solamente las mujeres van a poder comprar algo, sino que además van a poder doblar su fuerza de trabajo y de ingreso”. La explicación suena libreteada. Incluso dice que no lo hace por la fama ni por el dinero. ¿Cómo no creerle? Manolo Cardona también es un defensor de las causas humanitarias. Él mismo tiene una fundación con la que intenta educar en artes a niños de escasos recursos de Popayán y de Cali.

Pero si la gente quiere estar pendiente de todo lo que hace, pues que así sea. “No hablo de mi vida privada”, advierte. Sólo admite que le gustaría tener una esposa y un hogar para ver crecer a sus hijos. Y se le nota honesto.

Apuesto, encantador, dedicado y sensible: ¡Qué más le puede uno pedir a la vida!

Habría podido quedarme toda la tarde. Pero el tiempo de la entrevista llegó a su fin. Con la misma amabilidad con la que me atendió, se levantó, agradeció el tiempo de la charla y se despidió. Un beso en la mejilla y un abrazo de despedida redondearon la cita que cientos de mujeres me envidiarían. Al despedirme yo también pude notar un dato clave: no usaba perfume.

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