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Juan Pablo Espinosa: "Galán es un hombre tierno"



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Antiguo 07/10/11, 18:20:34   #1
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Predeterminado Juan Pablo Espinosa: "Galán es un hombre tierno"

Juan Pablo Espinosa en Cromos

Té verde en caja metálica de vainilla, limonaria y jengibre, espejo sin desempacar de BoConcept, bol con pistachos, portavasos en forma de tostadas integrales del Museo de Arte Moderno de Nueva York, mugs gigantes, piso de madera clara y él oficiando de anfitrión, por no decir de secretario, en medio de un trasteo a medio desempacar en un piso sexto, trepado en la montaña, de frente a la ciudad. Con los tenis morados que usa en casa, se ha puesto en los zapatos de un personaje exitoso en la televisión colombiana, interpretando a un galán diferente, sin camisa abierta, pecho bronceado ni ínfulas de superhéroe, sino todo lo contrario, con pinta de oficinista tierno y aire inseguro. La frase ineludible del que lo conoce, hombre o mujer, es “¡Tan divino!”. Ese es su encanto y así cautiva.

Aunque parezca absurdo, esta conversación pudo realizarse gracias a un desmayo. Un día antes de este encuentro, Juan Pablo Espinosa estaba a punto de grabar una escena con Margalida Castro, la vecina de El Secretario, cuando de repente se encuentra en medio de cinco personas que le hablan al tiempo, todas tratan de llamar su atención, un momento delirante en que sólo se cruzan voces y afanes. Al oído, el de sonido le está diciendo: “te voy a meter el micrófono por acá, pero entonces te voy a pedir el favor que no toques acá”; el coordinador le recalca: “acuérdese de que su cámara es la dos, no la uno, porque usted estaba mirando hacia la uno”; la de maquillaje le coge un mechón de pelo y le susurra: “espérate te acomodo el cabello y te lo aplancho”; para completar la escena, entra alguien de vestuario para ponerle un cinturón... y, entonces, aparece la actriz, lo ve y le dice: “estás como verde” y él se siente como en un túnel cada vez más profundo. Todos lo miran. Él mira a todos y no entiende nada, sólo ecos. ¡Corten! No hay otra que llevarlo a enfermería. Se para la grabación. Al secretario se le fueron las luces.

***
¿Ayer, literalmente, se “fundió”?

Ayer tuve un corto circuito. Lo que pasa es que uno como actor sueña toda la vida con protagonizar, y llega el momento de protagonizar y uno no es consciente de todo lo que viene con eso. Entonces firmas un contrato donde dice: “sólo trabajo doce horas al día y tengo un sábado libre al mes”.

¡¿Doce horas al día?!

Al día, de lunes a sábado. Tengo una unidad sólo para escenas mías. Porque el secretario sale en todas partes, en la oficina, en su vida personal, con la niña, con la exesposa, en el vecindario... Estamos hablando de un promedio de quince escenas diarias que tengo que hacer a la perfección.

¿Y al día siguiente?

Al otro día te das cuenta de que eres un genio para las matemáticas. La primera ecuación que hice en mi vida la hice tarde: para trabajar doce horas tengo que dormir ocho horas, son 20 horas; me echo una hora de ida al trabajo y una hora de vuelta al trabajo, son 22 horas; entonces me quedan dos horas diarias para mí, para estudiar, para comer, para ver a mi familia, para salir y para ver a mis amigos.

Pero ¿eso era lo que quería?

En los últimos 10 años nos ha llegado todo este bombardeo de la ley de atracción, que nos dice que “la mente es todo lo que tú puedes atraer”... y yo pedí el protagónico. Entonces hay que ser mucho más específico: “quiero un protagónico, pero que me deje tiempo para mí”. Es muy importante pasar por esto, para saber en el futuro lo que uno debe exigir y querer.

Desde su formación teatral,

¿Cómo ve la TV?

Se convierte en un trabajo un poco desechable, en una banda transportadora donde se hacen donnuts, frente a un medio como el cine que tiene mucho más tiempo y más especificidad. Y ni hablar del teatro, donde yo me crié, con un lugar donde puedes ensayar, donde todo es meticuloso, donde tienes el público en vivo. Además, la TV es una industria que utiliza una palabra ¡que odio!: “colabóreme”.

¿Colabóreme?

Te van a maquillar y te dicen: “Como no tengo la base que toca por favor no se haga muy en la luz, para que no se vea ¿sí? Colabóreme”. Al minuto llega la de vestuario: “Es que esta no es la camiseta, entonces por favor no se vaya a quitar la chaqueta, colabóreme”. Aparece el sonidista: “No se vaya a pegar golpes en el pecho ni vaya a cruzar los brazos, ¿me colabora?”. Viene luego el de las luces: “La luz le está llegando aquí, entonces por favor no se vaya a correr para la derecha, ¿Listo? Colabóreme”. Sigue el camarógrafo: “No se recueste hacia la izquierda sino colabore hacia la derecha, ¿ok?”. Y llega el conteo: “5, 4, 3, 2, 1...” y uno se pregunta ¿qué es lo que estoy haciendo? Mi monólogo es este, mis intenciones son estas, y mientras tanto “no se toque acá”, “no se ponga acá”, “no se abra la chaqueta”, entonces es un estrés muy grande el que manejas para que todo se vea natural.

Algo bueno de la televisión.

Juan Camilo Pinzón. Como director es una persona brillante. Por ejemplo, yo puedo llegar a hacer una escena y él me dice: “Quiero que oigas esta canción”, y empiezo a escuchar a Santiago Cruz: “Todo lo que soy, todo lo que he vivido, ha sido el camino para estar contigo”, y luego me propone llegar a la escena con eso en la cabeza. Entonces el trabajo no es mostrar una cara bonita o quitarse la camisa y mostrar un pecho bronceado, sino el placer de comunicar una emoción.

El paraíso de ser protagonista, que quiere cualquier actor, ¿se puede convertir en un infierno?

Es el infierno del primer mes, sobre todo, luego reacomodas tu vida. Empiezas a buscar maneras de hacer que todo gire en torno a lo que tú quieres que sea para que tu proceso sea muchísimo más eficiente. La televisión ha sido muy difícil en ese sentido porque yo no llegué aquí, sin ofender a nadie, con la idea de “querer ser rico y famoso”. No. Llegué porque amo las artes, iba a estudiar artes plásticas o teatro y acabé estudiando arte dramático en Emmerson College en Boston.

¿Y cuál es el peligro?

Hay que mantener todos los días esa ancla de cuidarse de no decir: “Ah, relajado, que eso se repite, ah, eso lo corrigen en posproducción”, o cuidarse de no hacer algo que a mí me aterra y es llegar a un set de grabación sin haberse leído el libreto. Y pasa todos los días, ahora que todos cargamos nuestro iPad. La televisión es un lugar peligroso porque te puedes volver muy cómodo.

Una imagen para no olvidar.

Yo de 14 años en un comercial de zapatos en televisión: “¿Y de dónde son tus zapatos? Los traje de Miami. ¡Mentira! ¡Mentira! Son Jazz”.

¿Cómo llega a la televisión?

Llego en el 2005 a Colombia y empiezo a buscar trabajo en teatro y todo el mundo me decía: “Hermanito, aquí lo que se mueve es la televisión”. Nunca se me va a olvidar uno de los castings que hice para TV, es muy chistoso, alguien diciéndome: “Antes del casting, por favor, quítate la camiseta”, y yo: “¿Perdón?, vengo para el papel del mesero ilegal”. Empieza uno a ver esa tara estética.

Su primer papel.

Eso fue en el 2006, en Merlina, mujer divina”, y fue una maravilla porque llego y me dicen: “Hay que blanquearle los dientes, broncearlo y el pelo hay que volverlo rubio”. En un momento dado me miré al espejo y me pregunté: “¿Por qué no contrataron a alguien que se viera así desde el principio?”. En Hollywood la gente hace eso. Se adelgaza, se engorda, pero sin ni siquiera uno tener claro hacia dónde va el personaje, como pasa en las telenovelas colombianas, que no están escritas de principio a fin sino que van pasando, entonces ¿por qué diablos tengo que ser este?

Después ¿qué hizo?

Hice de instructor de tenis en Floricienta. De DJ en Tu Voz Estéreo. De yupi estrato 30 en El último matrimonio feliz. De hombre que las prefiere brutas en Los caballeros las prefieren brutas. De médico sobradito en A corazón abierto. De asesor maquiavélico en Secretos de familia, y de rolo bien rolo en Las santísimas, y ahora de secretario en El secretario, de Caracol.

¿Este es el momento más visible de su vida?

Sí, señor, es una oportunidad maravillosa levantarme todos los días a hacer lo que más quiero y ser reconocido por eso. Lo malo es levantarme todos los días… No, mentiras, lo malo es no tener vida propia, hay cierto grado de exposición ¿sabes? Y cuando la novela se llama El secretario y tú eres el secretario y sales de tu casa, todo el mundo te dice: “Hey, secretario”, o “¡Encanto!”.

Eso es una tortura, como la de la gota de agua cayendo siempre en la frente.

¡Claro!

Marcello Mastroianni dice: “El cine te lleva adonde ninguna agencia de viajes te aconsejaría ir, como turista de lujo”. Siguiendo con el juego, ¿la televisión adónde lo lleva?

A rincones donde uno ni siquiera pensó que estaba llegando. Me ha pasado que se acerca una persona a pedirme limosna en el carro, y me ve y de una me dice: “¡Oh, el secretario! ¿Qué más? ¿Sí encontró el perro?”. Y yo digo: ¿En qué momento llegué a ese rincón, y en qué momento llegué a la casa de Isabella Santo Domingo?

Isabella dice que hombres como usted siempre están ya emparejados, ¿por qué usted es la excepción?

Eso mismo me pregunto yo... no, mentiras. Sin ánimos de sonar arrogante, creo que llega un momento en que uno tiene que ser consciente de que se merece lo mejor, y que no hay que conformarse. Porque muchas veces, y lo he vivido, uno empieza a ver las banderas rojas como “¡Hey, por ahí no es, por ahí no es!”, y uno sigue con la premisa cobarde: “Pero no estoy solo”, y al final del día se da cuenta de que es mejor estar solo que mal acompañado.

Su primer beso.

Mi primer beso, en el 97, con mi novia del colegio, del Santamaría, Mariana García, una maravilla.

¿En qué cree?

Creo en el amor, literalmente, sin ser como Krishnamurti. Cuando uno ama lo que hace, cuando uno ama a los que tiene alrededor, cuando uno ama levantarse en las mañanas, esa es la herramienta más poderosa que nos han dado en esta vida.

Está en su momento más visible, dígame uno todo lo contrario,
el más anónimo en su vida. ¿Será,
de pronto, el de Estados Unidos?

Claro, después de estudiar en Boston yo me fui a vivir dos años a Los Ángeles, y allá trabajé como asistente de casting, detrás de la cámaras, llamando actores y a sus representantes.

¿Con quién?

Trabajé con DreamWorks con la posibilidad de quedarme en Los Ángeles, de tener la visa y un muy buen sueldo. Pero todos los días tenía que vestirme de camisa negra manga larga, zapatos brilladitos, pura pinta Banana Republic y Express, para llevarle el café a una señora. Pensé: “Bueno, esta es una compañía donde yo podría crecer”, pero estoy detrás de un escritorio viendo cómo todos los demás viven su vida de actor menos yo. Eso puede ser frustrante.

¿Cuánto trabajó con DreamWorks?

Como un año y medio.

¿Ahí fue de verdad secretario?

Literalmente, me da mucha risa porque cuando me preguntan “¿cómo se preparó para este papel?”, me acuerdo de mis primeros meses en DreamWorks. La compañía estaba sacando muchas
películas animadas, entonces los castings, más que nada, se hacían de voz, y mis órdenes eran: “Vaya a Blockbuster, sáqueme todas las películas donde Meryl Streep ha hecho acentos”, y entonces yo iba en el carro de la compañía, muerto de susto de no ir a rayarlo, y me ponían a sacar los high lights de los acentos en un CD, y cuando los presentaba en una reunión, me decían: “No, nos vamos por Goldie Hawn”, y yo por dentro: “¡Pero si no han visto el ‘puto’ CD que yo hice todo el día!”. Igual que el secretario.

¿Usted vive solo?

Sí, lo que pasa es que estoy en esta transición en la que me están entregando mi apartamento y por ahora volví a la casa de mis papás, es una maravilla volver a los 30. El “hotel papá y mamá” ha sido tan reconfortante en estos momentos de estrés.

¿Qué dijeron cuando dijo que se iba a estudiar teatro?

Estos pobres dijeron: “Bueno mi chino, se va a dedicar al teatro, ojalá no se la pase fumando marihuana debajo de un puente”, y hoy están superorgullosos.

¿Ellos qué querían que fuera?

Administrador de empresas.

¿Su papá es administrador?

No, mi papá, Carlos José Espinosa, es asesor financiero, y mi mamá, Mónica Cuéllar de Espinosa, es diseñadora gráfica. Ellos me insistían que estudiara Administración de empresas, que eso servía para todo. Pero para ser el administrador de empresas más mediocre del planeta, mejor no, yo me gradué en el 98 del Gimnasio Moderno por obra y gracia del Espíritu Santo.

¿En ese momento tenía claro que quería ser actor?

Sí, porque en el colegio siempre hemos tenido un teatro espectacular, entonces me empiezo a meter en cada recreo. Yo era un experto, bueno, sigo siendo muy experto para salirme de las cosas que no quiero hacer, y así negociaba con el profesor de educación física: “Mire, el deporte es salud, igual que el teatro, entonces hagamos un trato y en vez de estar trotando como una mula, voy al teatro y ensayo”.

¿Odiaba los deportes?

Yo era gordito –a los 13 años pesaba 83 kilos– y eso de trotar sin camiseta por la carrera 11 era una mamera, los taxistas me pitaban y me gritaban: “¡Corra, gordito!”, era humillante.

¿Y ahí el teatro era vocación o era una salida de escape?

Vocación y media, sobre todo en el teatro y las artes plásticas. En el Moderno yo me dediqué a la cerámica ocho años de mi vida, en algún momento pensé que iba a estudiar artes plásticas. Alcancé a hacer un mural que estuvo colgado 10 años, encima de la taquilla del teatro. María Isabel Cortés fue mi maestra, una mujer maravillosa y la persona que me dijo: “Por ahí es, hágale”.

¿El que sabe actuar sabe mentir?

Sí. Hay un placer en hacer creer a la gente algo que no está ahí. Lo más irónico de todo es que hoy, más que nunca, le apuesto a la honestidad en la actuación.

No falsear y cero trucos.

A mí eso me parece ridículo, es subestimar al público, porque cuando tú estudias tienes herramientas para hacer esas cosas en forma natural como, por ejemplo, llorar. La vaina más vulgar que uno puede ver, sobre todo en televisión, son las goticas de glicerina para llorar en la siguiente escena. Lo honesto es llorar haciendo el proceso alrededor de un sentimiento.

¿Y llora?

Claro, el problema es dejar de llorar.

¿Qué le suelta la lágrima fácil?

Ahora que trabajo con Unicef uno empieza a ver cuentos inhumanos como el que ocurre con el abuso sexual contra los niños, eso me aterra, cada vez que uno ve, digamos, casos aberrantes como el de Garavito, eso me hace llorar.

¿Desde chiquito siempre cayó bien a primera vista? Don de gentes, dicen las mamás.

Sí, sobre todo porque yo era el gordito buena gente, y eso siempre facilitó las cosas.

Usted ha administrado su simpatía, porque sabe que la tiene.

Se me viene a la mente una frase que leí de la madre Teresa de Calcuta: “Cuanto más juzgas a las personas, menos tiempo tienes para amarlas”. Adonde voy con esta frase es: ¿Por qué poner una pared si yo puedo dar la mano, si yo puedo abrazar, sonreír? Y eso me nace.

¿Cuál fue la influencia que disparó su vocación por la actuación?

Mis papás toda la vida nos llevaban mucho a zarzuela y a obras musicales. Me crié viendo a María Cecilia Botero en un escenario maravilloso donde yo veía Molly Brown, Los caballeros las prefieren rubias y Sugar... y entonces después salía de ahí para Misi. Hasta los 17 años, también me llevaron a Nueva York a ver a todas las obras de Broadway. Y los sábados y domingos, los dos últimos años del bachillerato, estudiaba en la Academia Charlot. Soy de la generación Charlot.

¿Usted era un “nerdo”?

Nerdo en el sentido artístico. Mis papás invitaban a comer a sus amigos al apartamento en Bosque Medina, y yo insistía en hacer teatro para la visita. ¡Pobres! Entonces llegaba con los discos de acetato y ponía el disco de Grease y bailaba como John Travolta, mientras mi hermana menor, Cristina, abría y cerraba la cortina improvisada de telón.

¿Ha sido fanático de alguien?

Me acuerdo de chiquitico viendo a Lucille Ball, I love Lucy, en blanco y negro, y entonces yo decía ¡wow! A Lucy se le podía estar quemando un ponqué y ese era todo el capítulo y uno se moría de la risa. Soy fanático de ella y de Goldie Hawn y de Whoopi Goldberg, creo que son mujeres exitosas que no se toman en serio a sí mismas.

Si le tocara quedarse con un solo sentido, ¿con cuál se quedaría?

Creo que con el oído. Sí, porque cuando uno cierra los ojos puede imaginar, puede crear, puede soñar, pero sin escuchar, yo no me imagino una vida sin música.

¿Qué música?

Bueno, claramente la de Broadway, me pone como loco, y la música española.

¿El flamenco?

Flamenco, me encanta todo lo gitano: Alejandro Sanz me encanta, Niña Pastori y Rosario. Hace ocho días descubrí una cantante que está aquí en Colombia, se llama Mari Carmen, juemadre, oirán de ella porque es brillante, joven, increíble.

¿Usted se gusta frente al espejo o algo le incomoda de su imagen?

Me incomoda, porque por muchos años lidié con la imagen del gordito…

¿Cuándo exorcizó al gordo?

El gordo se exorciza como a los 16 años con la dietista Carolina Camacho, a punta de recetas equilibradas y porciones medidas a horas milimétricas.

¿Cuál es su definición de galán?

Lo primero es que la palabra me parece inmunda.

¿Odia la palabra galán?

Sí, y me da mucha risa porque desde El último matrimonio feliz, cuando me preguntaban “¿y qué se siente ser un galán?”, mi respuesta era: “Pues pregúntenle a Rafael Novoa o a Mario Cimarro”. Era muy chistoso porque había una imagen que nos habían vendido del tipo montando en un caballo, aceitado, diciendo: “Soy de pelo en pecho, soy el galán”.

Su definición de galán.

Un auténtico galán es un hombre tierno, una persona con la cual la gente se pueda identificar y emocionar. Cuando el director, Juan Camilo Pinzón, me dijo que necesitaba que el protagonista de El secretario fuera tierno, apenas dijo tierno, yo dije: “¡Ahí encajo yo!”. Es una maravilla porque no todos los días le llegan a uno con un protagónico tierno para una telenovela latinoamericana.

¿Le hacen comentarios por la calle?

Uno de los que más me han gustado es de los hombres, papás que me dicen: “Hermano, me hizo llorar con esa escena al saber que tenía una hija”.

Eso de que los géneros en el mundo se crucen y ahora veamos mujeres más recias y hombres más emotivos, ¿todo esto cambia en algún modo los clichés en la actuación?

Al ciento por ciento, y me encanta porque soy de los que cree y sostiene que tenemos una responsabilidad muy grande no solo a nivel dramático sino social. Digamos, la gente en países como Colombia y, en general, la gente latinoamericana, ve la televisión como un ejemplo, entonces no podemos hacernos los de la vista gorda y seguir incrementando esta cultura machista donde los hombres no lloran y las mujeres no se despelucan. Y Emilio Romero, mi personaje, llora, siente miedo, la embarra. Más que un galán es el antigalán.

¿No se cansa? Esta conversación comenzó con el cansancio de ayer. ¿Cómo se relaja después del trabajo?

Tengo una perra que trató de ser golden retriever, no es golden retriever, trató de ser. Se llama Martina. Llegar a la casa y darme un abrazo con mi perra me relaja.

Una pesadilla recurrente.

Muchas veces sueño que estoy en la mitad del escenario y se me olvida la letra, ¡un horror!

Su gran sueño: ¿actuar con quién? ¿En dónde? ¿Bajo la dirección de quién?

Mi sueño sería estar en Broadway, haciendo un musical al lado de una actriz por la que muero que se llama Sherie Rene Scott, dirigido por Daisy Price o Sam Mendes.

Si creyera en la reencarnación, ¿en el cuerpo de quién le gustaría reencarnar?

En la actriz Josephine Baker, fue una pionera, era negra y llevó a Nueva York todo el sabor latino con sus raíces brasileñas. Era una persona sin tapujos, no tenía pudor. Me encantaría sentir ese cuerpo. Tenía el pelo corto y un cachumbito en la frente, regia, muchas veces salía bailando con las tetas por fuera, era medio cabaretera y estamos hablando de los años 20.

¿Alguna vez dudó en seguir haciendo lo que hace?

Sí.

¿Cuándo?

Ahora, y deje así.
Jairo Dueñas Villamil | Cromos.com.co




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