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Claudia La violonchelista


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Predeterminado Claudia La violonchelista

No quedaba nadie en las cabinas de estudio del conservatorio. Por los pasillos sólo se oía el sonido de su violonchelo melancólico y triste, resonando en las paredes muertas del edificio. Mientras la gente disfrutaba de la tarde del viernes divirtiéndose en la calle, ella aprovechaba la soledad del lugar para encerrarse a estudiar.


Claudia estudiaba en un colegio privado, al que asistía entre las ocho de la mañana y las dos y media de la tarde. Después de comer, apenas sin tiempo para descansar, salía hacia el conservatorio donde si no tenía clase estudiaba hasta tarde.

Aquella tarde de viernes se encontraba muy concentrada en sus ejercicios técnicos. Oyó que se abría la puerta de su cabina y se asustó, pero el sobresalto duró poco al ver que se trataba de Pablo, quien cerraba la puerta con pestillo a sus espaldas.


Pablo tocaba el oboe y era alto, rubio, fuerte y de ojos claros. Sus hermosas manos habituadas a la práctica instrumental del oboe se posaron suavemente sobre los hombros de Claudia. Se agachó y le besó el cuello. Ella no se giró, porque estaba acostumbrada a los galanteos de Pablo, aunque sonrió para sí.


Ella era alta, tenía el pelo castaño, su rostro no era especialmente bello pero no podría calificarse en absoluto de "feo" o desagradable. Sus ojos castaño reflejaban ternura y a sus 18 años tenía un maravilloso cuerpo femenino muy desarrollado; pecho escaso pero suficiente, cintura delgada y caderas voluptuosas. Su trasero firme y duro era sin duda objeto de deseo de muchos de sus compañeros y amigos. Las manos tersas y firmes, la piel blanca y sin imperfecciones, los labios rosados y la lengua siempre húmeda y caliente que dejaba ver cuando la embargaba la concentración al tocar su instrumento.


Aquella tarde Pablo la vio reluciente. Su pelo castaño caía por encima de sus hombros. El violonchelo apoyado en su cuerpo, abrazado entre sus piernas abiertas, la falda del uniforme del colegio levemente más subida de lo normal para dejar a sus piernas separarse y albergar el melodioso instrumento. La música triste y pausada del violonchelo sonaba mientras los calcetines rojos que llevaba por debajo de la rodilla dejaron que Pablo viese su piel blanca y tersa que se oscurecía bajo la falda, donde no llegaba la luz, hacia la húmeda, caliente y oscura unión de aquellas piernas que tanto deseaba.


Al verla tan hermosa se acercó más y comenzó a darle un masaje en los hombros. Ella dejó de tocar y se relajó. El le hablaba lentamente y con calidez sobre su belleza, sobre su atractivo. Ella sonreía complacida, casi hipnotizada por la cadencia del masaje y los halagos.


Pablo dirigió sus manos hacia el cuello, donde sabía que Claudia era tremendamente sensible. Habló al oído de ella, preguntándole si quería fundirse con él. Ella se sabía joven y sin experiencia pero deseaba ser penetrada por aquel muchacho apenas dos años mayor que ella.


Pablo besó su cuello pero esta vez en lugar de separarse al acabar de besarla abrió la boca para lamer su cuello. Restregando su lengua contra la piel blanca y tersa de Claudia notó como su miembro se endurecía al percibir el olor corporal de ella. No usaba perfume, era el olor de su piel, dulce y afrutada. Dirigió sus manos hacia los pechos de ella. Sabía que era arriesgado desnudarla en la cabina, porque el personal de la limpieza rondaba por allí, así que metió las manos bajo su jersey rojo y levantó delicadamente su sujetador para amasar esos pequeños pechos blandos y calientes. Ella comenzaba a respirar agitadamente. Dejó el violonchelo en su funda y volvió a sentarse. Pablo aprovechó para situarse entre sus piernas como si él fuese ahora el instrumento. Ella las abrió y las separó ayudándose con las manos mientras Pablo elevaba la falda de tablas roja y gris para descubrir una tanga negro. Percibió que el vello púbico de Claudia asomaba por a los lados de la tela negra del tanga que no llegaba a cubrir todo su pubis, y se excitó aún más. Separó el tanga con las manos y acercó sin miramientos su boca al coño de Claudia. Al contacto del muchacho con aquel húmedo y negro jardín ella empezó a gemir suavemente. Notaba una explosión de sensaciones nuevas en su entrepierna. Ahora su ropa interior apartada a un lado de su bajo vientre dejaba expuesta su virginidad a aquel chico que la estaba haciendo retorcerse en aquella cabina de estudio. Pablo por su parte no dejaba de explorar el sexo de Claudia, sorbiendo sus fluidos y deseando hacer suyo aquel rincón privado de la chica.


Sin embargo las cosas no saldrían como él tenía previsto. Ella apartó a Pablo de su húmedo y chorreante coño y se puso en pie sin tan siquiera colocarse el tanga. Entonces se puso mirando a la pared, con las manos apoyadas en ella, y haciendo sobresalir su hermoso y torneado trasero. Con una voz que ni ella misma reconoció, en la que se percibía el vicio más profundo y oscuro, y el deseo más morboso y prohibido, ella pidió a Pablo que se agachara y lamiera su ano con la misma intensidad que había lamido su sexo. El, pese a encontrarse sorprendido por tal petición, se agachó y subió la falda de la chica. Tal y como había soñado tantas veces, el hermoso culo de Claudia era perfecto, redondo, duro, terso, con aquel tanga negro que le excitó increíblemente. Separó sus nalgas y apartó el tanga. Acercó su lengua al ano de Claudia y aspiró su olor. Sin reparo lamió aquel agujero rugoso y caliente, aquella cueva de depravación, hasta que con sólo su lengua dilató el esfínter rosado, limpio y reluciente.


Fue entonces cuando ella se agachó y ensalivó la verga de Pablo con la mamada más caliente que le habían hecho nunca. La saliva de Claudia envolvía en pene de Pablo mientras su boca emitía un ruido gutural. Breve fue la mamada, pero tan intensa que Pablo tuvo que apartarse para que no terminara todo allí, sin llegar más lejos.

Ella volvió a ponerse apoyada en la pared dejando su culo prominente al descubierto. Pablo volvió a levantar su falda y apoyando su capullo en el ano de Claudia fue empujando poco a poco. Ninguno de los dos sabía lo que iban a experimentar a continuación. Pablo notó como su miembro se abría paso en la cloaca de la muchacha mientras ella notaba un tremendo calor en el recto. Perforada por su compañero percibió como la verga de él empujaba su intestino y la hacía retorcerse y gritar. Llegó un momento en que los fluidos preseminales que Pablo manaba por su miembro se mezclaron con la saliva que Claudia había depositado con su mamada, y los excrementos que ella tenía en su intestino. Aquella ambrosía que ahora lubricaba el recto caliente de Claudia permitió al miembro del chico entrar y salir de aquel ano cremoso y jugoso. Los dos comenzaban a sudar. Claudia echó las manos hacia atrás para poder agarrar el trasero de Pablo y empujarlo con fuerza hacia ella, pues quería sentir más verga aún dentro de su ano.


El bamboleo de ambos, ahora convertido en una rítmica cadencia de gemidos y sudor, los llevó al más fuerte de los éxtasis. Mientras Pablo la penetraba por detrás, tocaba con su mano derecha el clítoris de Claudia, oculto bajo su oscuro vello, y con la izquierda amasaba uno de sus pechos.

Pronto notó cómo se acercaba el orgasmo de Claudia y aceleró el masaje en el clítoris. Pronto ella gritó de tal manera que Pablo temió estar haciéndole daño. Movió las caderas descontroladamente para sentir la fricción del pene que en ese momento atravesaba su más íntimo rincón y se corrió.

Pablo no andaba lejos y pronto eyaculó intensos chorros de semen en el recto de Claudia. Al terminar Pablo de vaciarse, Claudia se retiró y liberó el pene intruso que había perforado su recto. Se volvió y se agachó, quedando a la altura de aquel miembro que ahora relucía mojado de semen y líquidos que no supo identificar. Sin reparo lo introdujo en su boca y lo mamó delicada pero firmemente con su cálida lengua hasta dejarlo limpio.


Pablo y Claudia se vieron en más ocasiones, a veces del mismo modo que he narrado ahora, otras veces de distintos maneras. Nunca tuvieron otra experiencia tan intensa como esta, pero a partir de entonces comenzaron una relación que dura hasta el día de hoy.




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♪♫...Vieja Guardia...♪♫

Sí el trabajo dignifica, ¿Por qué las putas no son dignas?

"Pienso que acabo de perder la fe en este momento y al no tener fe ya no creo en Dios ni en el infierno, si no creo en el infierno ya no tengo miedo, y sin miedo soy capaz de cualquier cosa."
Fernanda mi calamarda tu y yo somos dos mundos diferentes, dos formas de pensar distintas, pero sobre todo somos un mismo sueño abrigado por nuestro amor TE AMO!.

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claudia, la, violonchelista


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