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El mundo letal de los falsos medicamentos



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Antiguo 16/12/08, 12:01:19   #1
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Exclamation El mundo letal de los falsos medicamentos

Los fármacos pirata matan a miles de personas cada día. El mercado asiático es uno de los mayores proveedores de medicinas falsas. Sus píldoras –de agua y tiza- se comercializan en todo el planeta. Por su parte, Internet está convirtiéndose en el dispensario mundial y estos preparados venenosos pueden venderse en la farmacia de cualquier esquina.

Durante el último decenio, el tráfico de falsificaciones farmacéuticas se ha convertido en uno de los negocios ilegales que más ha crecido en el mundo. La OMS calcula que más del 30 por ciento de las medicinas que se venden en ciertas zonas de África, Asia y Latinoamérica son ilegales. Se prevé que en 2010 la producción mundial ascienda a 75 mil millones de dólares (unos 53 mil millones de euros), un aumento del 90 por ciento desde 2005. El espectacular incremento de las incautaciones indica asimismo una crisis cada vez mayor. En 2006, la Comisión Europea informó de que los agentes de aduanas habían interceptado 2,7 millones de fármacos piratas en las fronteras de la UE, un aumento del 384 por ciento respecto al año anterior.
Esta industria funciona de forma muy parecida a la de las falsificaciones de bolsos de diseño o de DVD del último éxito de Hollywood. Ofrece una imitación del producto verdadero que a primera vista resulta razonable, fabrica esas copias en gran número y se apoya en las economías de escala para obtener beneficios. Los productos, muchas veces, los distribuyen los mismos intermediarios que comercian con otros artículos de imitación. La diferencia es que los fármacos de mentira pueden costar vidas.


Un millón de muertes al año

Durante gran parte de la última década, los medicamentos para mejorar la calidad de vida –para la disfunción eréctil, analgésicos y ansiolíticos como el Valium– eran los más imitados, sobre todo en los países ricos. Pero, en los últimos años, los falsificadores han pasado a una farmacología falsa mucho más peligrosa, con remedios para el cáncer, el sida y enfermedades cardiacas graves. Estas imitaciones producen hasta un millón de muertes al año, la mayoría, en los países en vías de desarrollo, pero, cada vez más, también en los ricos. En el último año, al menos 95 estadounidenses murieron de reacciones alérgicas asociadas a la heparina –un medicamento utilizado para prevenir coágulos de sangre– fabricada en China. Mis fuentes en la Agencia Estadounidense del Medicamento (FDA) dicen que la heparina contaminada estaba, casi seguro, falsificada.
Algunas de estas medicinas no son más que buenas imitaciones de fármacos con marca registrada, higiénicamente fabricadas con los ingredientes correctos y en las proporciones adecuadas. Infringen los derechos de propiedad intelectual, por supuesto, pero no son intrínsecamente peligrosas, mientras sean copias perfectas. Por desgracia, la motivación de los falsificadores suele ser el beneficio, no fabricar productos fiables. Por eso tienden a ser más perfeccionistas con el envase, no con el contenido, para poder hacer pasar su peligroso producto por el genuino.


Internet, una peligrosa fuente de provisión

La falta de controles de calidad y de vigilancia hace que los países más pobres sean los objetivos con más posibilidades de lucro para estos imitadores. Un mercado como Estados Unidos es más difícil de abordar, aunque, en la actualidad, el anonimato y la amplitud de Internet ofrecen una forma atractiva de evadir los controles. Muchos medicamentos supuestamente genéricos que se venden en la Red desde Canadá en realidad están fabricados en China e India, desde donde los traficantes los llevan hasta Europa y EE UU a través de Dubai, Egipto o Rusia. En el otoño de 2007, agentes de aduanas británicos descubrieron una operación en la que los delincuentes transportaban Viagra falsa por valor de millones de dólares desde India, Pakistán y China hasta Gran Bretaña, donde se re envasaba y se vendía on line a clientes de 35 países, entre ellos, Estados Unidos y Canadá. Según la OMS, la mitad de todos los fármacos comprados en Internet no supera las pruebas para verificar los ingredientes activos.
Sin embargo, el mayor motivo de preocupación es, quizá, lo poco que está haciéndose para combatir el tráfico de fármacos pirata, sobre todo en los países en desarrollo. La falta de recursos hace que el problema resulte abrumador para la mayoría de ellos. Durante el día que pasé con Suresh Sati, un hombre grandullón y alegre que vive en una pequeña ciudad en el noreste de India y que lleva más de la mitad de sus 40 años persiguiendo falsificaciones, me contó que comenzó sus rondas a las siete de la mañana y terminó justo antes de medianoche. Es posible que no todos los días llegue a tanto, pero la verdad es que para muy poco. La razón es que se trata de una batalla perdida de antemano. "He tenido mucho trabajo", dice. "Por cada falsificador con el que acabamos, se instalan dos o tres más".
No es extraño que productos como los fármacos sean blancos de falsificaciones masivas. Los auténticos son caros, lo cual hace que el margen de beneficio en las imitaciones sea aún mayor, y el mercado mundial de posibles compradores es inmenso. Más aún, porque pueden ser difíciles de detectar. Si a un paciente no le hace efecto una medicina, seguramente lo atribuye a la gravedad de la enfermedad, no a la calidad del producto. Además, las políticas elaboradas para fomentar la producción local de genéricos pueden rebajar también los controles de calidad sobre las medicinas para la exportación, y eso da a los falsificadores la oportunidad de deslizar sus partidas en el mercado.


Los mercados asiáticos

La complejidad de la cadena de suministro y los esfuerzos que hacen para ocultar sus orígenes hacen que sea extremadamente difícil localizar los centros de la falsificación internacional. Pese a ello, casi todos los observadores e investigadores que se dedican a la búsqueda de estas peligrosas copias indican dos culpables principales: China e India. Mis investigaciones sobre la piratería de medicamentos contra la malaria sugieren que entre el 60 y el 80 por ciento de esos productos procede de ambos países. "La inmensa mayoría de los fármacos falsos tiene su origen en Asia", dice Peter Pitts, presidente del Centro para la Medicina de Interés Público, en EE UU. "Hablar del 50 por ciento es seguramente un cálculo conservador".
Los falsificadores chinos e indios son de todo tipo. Algunos trabajan para empresas farmacéuticas legítimas. Son empleados deshonestos que se quedan después del trabajo para sustituir activos legales por otros que no cumplen las normas, y luego venden los fármacos a las redes criminales. Otras bandas están asentadas en los barrios bajos, allí tienen hormigoneras en las que introducen los ingredientes y los mezclan para fabricar medicinas que luego venden en la calle. Algunos comercializan tiza como si fuera aspirina, o lactosa como si fuera Viagra, e imitan con gran minuciosidad el envase del producto para poder venderlo en tiendas o exportarlo a otros países. Los más sofisticados añaden pequeñas cantidades de los principios genuinos para que sus fármacos pasen unas pruebas químicas sencillas y engañen a las autoridades, que tratan de evitar que las falsificaciones entren en la cadena de distribución. "Los indios copian todo", dice Vijay Karan, ex jefe de la policía de Nueva Delhi. "En India se vende más whisky Black Label del que se fabrica en Escocia".
Sin embargo, cuando se habla de medicinas de imitación, el Gobierno indio niega categóricamente que exista un problema. Las cifras oficiales aseguran, de forma un tanto ridícula, que no representan más que el 0,4 por ciento de todos los medicamentos legales presentes en el mercado nacional. La OMS sostiene que la proporción está más cerca del 20 por ciento, y otros expertos la sitúan hasta en el 30 por ciento. Pero el Ejecutivo indio puede no conocer la gravedad del problema porque no se esfuerza demasiado en mirar. Incluso, cuando las autoridades competentes de otros países llevan a cabo la investigación necesaria y prohíben a las empresas indias que fabrican falsificaciones que introduzcan medicamentos en sus fronteras, India, muchas veces, permite que esas compañías sigan funcionando.


Una industria floreciente

En enero, Suresh Sati y yo hicimos más de una hora de trayecto por carreteras muy deterioradas en el Estado de Uttar Pradesh para visitar una fábrica de fármacos en la que se hacen algunos de los medicamentos falsos. La instalación no era más que una casita en una aldea remota a las afueras de Aligarh, una ciudad de un millón de habitantes a unos 140 kilómetros al sur de la capital. Una hormigonera industrial mezclaba polvo y tiza que luego se comprimía para formar pastillas que se hacían pasar por un analgésico local. Las ocho o nueve personas que trabajaban allí eran demasiado pobres para atreverse a salir de la aldea. Seguramente no tenían ni idea de que el trabajo que hacían era ilegal ni de que su producto se iba a enviar a mercados mayoristas en ciudades de alrededor.
Una de esas ciudades es Agra, más conocida como la ciudad del Taj Mahal, que en los últimos años se ha convertido en el centro del tráfico de medicamentos pirata de India. De los tres principales mercados mayoristas en los que se venden estos fármacos en Agra, el mayor es el de Mubarak Mahal, que ocupa tres plantas y alberga aproximadamente quinientas pequeñas farmacias. Según Uday Shankar, un farmacéutico que trabaja en el hospital público de esa ciudad, las medicinas ilegales constituyen el 20 por ciento de las ventas en tiendas, que superan con facilidad los cinco millones de dólares diarios. En el cercano mercado de la Fuente, al menos cincuenta tiendas venden genéricos, pero también ofrecen imitaciones. Sin embargo, según Shankar, en la zona comercial establecida en la Facultad de Medicina y en sus alrededores existen por lo menos 180 farmacias, y es la que tiene el mayor porcentaje de medicamentos falsos. "En la Universidad, muchos médicos les dicen a los pacientes que compren las medicinas en tiendas concretas dentro del mercado", explica. "Algunos lo hacen para asegurarse de que compren las que tienen una calidad razonable, pero otros les encaminan deliberadamente hacia farmacias que venden imitaciones". Shankar cree que los médicos seguramente cobran por enviar a esos pacientes.
Parte del suministro de estos fármacos procede de grandes fabricantes, como Rajesh Sharma, a quien se considera un falsificador cada vez más importante en el Estado de Haryana, muy cerca de Nueva Delhi. Al parecer, Sharma se especializa en fabricar medicamentos falsos por encargo y permite que el comprador fije el porcentaje de ingredientes activos. Algunas medicinas son químicamente similares a los antibióticos y analgésicos legales, pero otras versiones son poco más que placebos muy bien envueltos. Todo depende de lo que el comprador quiera y esté dispuesto a pagar.
Sharma, de quien se cree que maneja mercancía por valor de varios millones de dólares al año, tiene una empresa que crece y se mueve sin cesar, con instalaciones en varios lugares a las afueras de la capital. Pero todavía no alcanza el nivel del famoso falsificador Pavel Garg, cuyas operaciones producen millones de píldoras falsas cada día. En una ocasión, Garg le contó a un equipo de la BBC camuflado que, para mantener sus operaciones en funcionamiento, había sobornado al primer ministro de Haryana con un automóvil de la marca Bentley (hay que decir que, a pesar de esa confesión, su negocio continúa siendo floreciente).
A diferencia de las empresas de las aldeas, Sharma y Garg venden muchos de sus medicamentos en el extranjero. Cuando un colega mío se aproximó a la red de Sharma haciéndose pasar por un comprador para una cadena de farmacias surafricana, le ofrecieron rifampina, un producto fundamental contra la tuberculosis, con un 15 por ciento de potencia. Un 15 por ciento es "suficiente para pasar las pruebas con tinturas, y mucho más barato que el 100 por ciento, le explicó Sharma. Desde el punto de vista del falsificador avanzado, puede ser lógico. Pero una píldora de esa potencia ayuda muy poco al paciente, e incluso puede hacer que el bacilo se vuelva resistente a tratamientos futuros.


Frascos mortales

Un buen envase es la mejor forma de triunfar en el mundo de la falsificación de fármacos. Si se puede reproducir la caja o el frasco, los consumidores no se dan cuenta de lo que hay dentro.
La falsa Viagra es un inmenso negocio mundial. Cada año se fabrican millones de píldoras que se venden por decenas de millones de dólares. Para comprender por qué es uno de los medicamentos que más se falsifica, hay que comprender lo que cuesta hacer las pastillas azules de imitación. En China e India, un kilogramo de citrato de sildenafil, el ingrediente activo de Viagra, cuesta 60 dólares (unos 41 euros). Diluido en miles de unidades piratas e introducidas a escondidas en EE UU, puede alcanzar un valor de 300 mil dólares: un margen más elevado que el de la cocaína, y con menores penas si te atrapan. Aunque un falsificador de Viagra en India copie píldoras con un 100 por ciento de potencia, seguramente seguirá gastando más en el envase que en las pastillas. Puede fabricar un frasco de 30 unidades por unos 33 centavos de dólar, de los cuales 15 centavos gasta en el producto y 18 en un bote y una etiqueta casi perfectos. Si se utiliza azúcar o tiza en vez del ingrediente activo, el costo se reduce enormemente. Además, el envasado puede llegar a suponer casi el 90 por ciento de los costos de fabricación. Mucha gente cree que. si las farmacéuticas bajaran los precios de los medicamentos, los falsificadores tendrían menos incentivos para hacer imitaciones.
Desde un punto de vista intuitivo tiene sentido: unos márgenes de beneficio más pequeños deberían ser un elemento disuasorio. Por desgracia, las cosas no funcionan así. Los falsificadores pueden aceptar márgenes diminutos en cada producto si a cambio, venden millones de artículos, por ejemplo, una pastilla de jabón Jonson como la que vi hace poco en un mercado de Nueva Delhi. La auténtica puede comprarse en una tienda por sólo 60 centavos, pero la que vi aquel día era una imitación, tenía una sustancia limpiadora de peor calidad; el envase por el contrario, era casi idéntico. El falsificador quizá no gana más que uno o dos centavos con cada jabón, pero fabrica y vende miles, tal vez millones. Si se toma tantas molestias para piratear una pastilla de jabón, el costo de los fármacos de verdad -por muy baratos que sean- siempre les serán rentable.

El mercado de Mubarak Mahal ocupa tres plantas y alberga aproximadamente quinientas pequeñas farmacias.




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